La que no había tocado

A la mañana siguiente, Tao llegó con su jarra y se quedó quieta. Tres plantas habían agachado la cabeza. Las puntas secas parecían papel arrugado. Ahe tampoco entendía nada.—¡Pero ayer estaban tan altas!

Tao pensó primero que había hecho demasiado calor. Miró a un lado y al otro.—Esta también recibió el mismo sol. ¿Por qué está bien? Señaló la planta de la derecha, cuyas hojas verdes se mecían con la brisa.

—Esa... no la levanté —dijo Ahe en voz baja. Tao siguió con la mirada un tallo torcido hasta las raíces blancas que sobresalían de la tierra. No lo regañó.—Vamos a pedirle al abuelo Song que lo mire con nosotros.