Una marca de barro

Por la mañana, la sombra del melocotonero se alargaba sobre la cerca de bambú. Tao, que tenía ocho años, y Ahe plantaron cuatro brotes en el huerto. Todavía salía humo de la casita de tejas del fondo, pero Ahe ya soñaba con el grano dorado del otoño.

Buscó una vara de bambú y puso una manchita de barro a la altura de una hoja. Al rato volvió a medir. Bebió agua y midió otra vez. La mancha y la punta de la hoja siempre quedaban a la misma altura.

—¿Por qué siguen tan pequeños? —preguntó, frunciendo sus cejas espesas. Tao se agachó a su lado.—¿Y si todavía no hemos esperado lo suficiente? Una brisa les movió la ropa. Los brotes apenas se mecieron.