Tao salió al umbral y sus miradas se encontraron. Ahe se quedó inmóvil y luego bajó las manos despacio. Volvió a oír un tilín nítido. Tao no parecía haber empezado a escucharlo en ese momento.
¿Lo oías todo el tiempo?, preguntó. Tao asintió. Ahe miró sus manos vacías. Quería llevármela sin pedirte permiso. Pensé que, tapándome los oídos, no me descubrirían. Lo siento.
Esta vez no escondió la verdad dentro de una excusa. La campanilla quedó en su soporte y él dejó de intentar cogerla. Renunciar a llevársela le dio más tranquilidad que su supuesto truco.