De pronto, Ahe se tapó los oídos con ambas manos. El patio sonaba apagado y lejano, como al otro lado de una manta gruesa. Soltó un suspiro de alivio.
Ya está, pensó. Si yo apenas la oigo, los demás tampoco. Se quedó junto a la campanilla con las dos manos sobre las orejas, sin intentar cogerla de nuevo. Creía haber resuelto el problema.
Otra brisa atravesó el patio y la campanilla volvió a sonar. Las notas pasaron junto a la maceta y cruzaron el umbral. No necesitaban pasar por los oídos de Ahe para llegar a otra parte.