Después del chapuzón

La barca se balanceó suavemente. La espada resbaló por el borde y cayó con su vaina. —¡Ay! Ahe alargó la mano demasiado tarde. Unas ondas se abrieron donde había salpicado el agua.

La espada se hundió hasta el fondo, cerca del sauce y la piedra blanca. Desde la barca solo se veían reflejos cambiantes sobre el agua.

Ahe permaneció dentro, sin saltar al río. Miró la tabla por donde había caído. —Debo recordar este lugar para encontrarla después.