Tao acabó la punta de la cola y dejó el pincel con cuidado. —Ya está. Unas líneas eran más oscuras que otras, pero su serpiente no tenía patas. No añadió nada más.
Pusieron los dibujos juntos. A la izquierda, el animal de Ahe tenía cuatro patas bien visibles. A la derecha, el de Tao no tenía ninguna. Ahe miró de una hoja a la otra en silencio.
—La tuya se parece más a la de madera —dijo bajito. Tao observó el dibujo de él. —La tuya parece un animal que nadie ha visto. No se burlaba. Pero inventar un animal no era la tarea de aquel día.