Tao se apoyó bien en el suelo y sostuvo la tabla con ambas manos. Ahe la empujó despacio hasta alinearla con las demás. El hueco se fue cerrando.
—Todavía no la sueltes. Ahe colocó la cuerda superior donde se cruzaban la tabla y el travesaño, la tensó y la ató bien. Después aseguró la cuerda inferior. Solo entonces asintió.
Tao retiró las manos poco a poco. La tabla seguía derecha. Ahe le dio un empujón suave: ya no se movía. —No basta con ponerla en su sitio. Hay que mantenerla ahí. Tao tocó el nudo firme y sonrió.