Siguieron las huellas. Ahe iba deprisa, pero Tao se detuvo en una bifurcación. Un camino era seco y pedregoso; en el barro del otro seguían las marcas, de dos en dos. Juntos tomaron el camino del prado.
Algo azul se movió bajo las hojas. —¡Allí! —dijo Tao en voz baja. El corderito comía bajo un árbol, con su pañuelo bien puesto. Estaba sano y salvo.
Ahe soltó un largo suspiro. No corrió a sujetarlo: se agachó donde el pequeño pudiera verlo. —Te hemos encontrado. Esta vez estaba dispuesto a ir despacio para que el corderito se sintiera seguro.