Solo llegaba a dos

A la mañana siguiente, Tao contó: —Una, dos… Dio la vuelta y contó otra vez. La oveja de cara marrón comía y la de cara negra estaba junto a un poste. Faltaba el corderito de pañuelo azul.

Ahe dejó la cesta vacía y buscó detrás de la casa y bajo el árbol. Nada. La tabla seguía torcida y la cuerda colgaba suelta. El «hueco pequeño» de ayer parecía ahora enorme.

—¿Adónde habrá ido? —preguntó preocupado. Tao se agachó junto a unas huellas diminutas en la tierra húmeda. —Veamos adónde llevan. Señaló hacia el prado.